UNA HISTORIA DE SEVILLA
El tsunami que arrasó Hispalis a comienzos del siglo III d. C
Sevilla se levanta a noventa kilómetros del mar y a menos de siete metros sobre su nivel. Pero en la Antigüedad el océano se hallaba mucho más cerca de sus orillas, a la altura de Caura —Coria—. A comienzos del siglo III, una ola nacida en el Atlántico remontó el Lacus Ligustinus y arrasó el barrio portuario de la Colonia Romula Hispalis.
Las evidencias de dicha catástrofe —ochenta centímetros de limo, arena y conchas marinas— se encuentran bajo el actual Patio de Banderas, donde las halló un equipo de arqueólogos. Reconstruimos aquí aquel cataclismo: sus huellas en el subsuelo del Real Alcázar, su reflejo en los epígrafes de Astigi, su probable origen frente al cabo de San Vicente y la decadencia que supuso para el comercio de la Bética. Esta es la historia del tsunami que arrasó Hispalis.
Un almacén portuario tragado por el mar
Entre 2009 y 2014, las excavaciones dirigidas por Miguel Ángel Tabales en el Patio de Banderas sacaron a la luz, seis metros bajo el suelo que hoy pisamos locales y visitantes, un edificio romano de conservación insólita: un almacén del barrio portuario de Hispalis, con muros de varios metros en pie. Algo, sin embargo, parecía extraño. Aquellos muros habían sido empujados en bloque hacia el noroeste por una fuerza descomunal, y el interior aparecía colmatado por un depósito microlaminado de ochenta centímetros de arena, lechos de limo y una profusión de fragmentos de conchas.
La palabra decisiva la tuvieron los foraminíferos, organismos microscópicos que delatan el medio en que vivieron: las especies atrapadas en aquel sedimento eran marinas. El agua que derribó el almacén había venido del mar. ¿Cómo alcanzó el océano a una urbe que hoy dista noventa kilómetros de la costa? Porque la Sevilla romana no era la actual.
El bajo Guadalquivir aún no había ceñido su cauce de hoy: se abría en un vasto estuario mareal que llamamos Lacus Ligustinus, el golfo marino hoy ocupado por las marismas de Doñana y los arrozales de Isla Mayor. Asentada en la confluencia del Baetis y el arroyo Tagarete, Hispalis era un puerto de mar en toda regla, accesible a las naves de altura y batido por la marea atlántica. El estuario obraba como un embudo. Y el mar quedaba mucho más cerca de Sevilla que hoy en día, concretamente a la altura de Coria.
El perdón de los impuestos a la Bética
Roma rara vez perdonaba sus tributos, y mucho menos a la Bética, la provincia que funcionaba como el inagotable granero y la almazara del Imperio. Durante siglos, de sus puertos salieron inmensas cantidades de aceite de oliva en ánforas Dressel 20 para abastecer a la capital. Sin embargo, en el siglo III d. C., algo provocó el colapso repentino de este próspero emporio. La clave documental de este desastre se ha descubierto en dos inscripciones honoríficas halladas en la antigua Astigi (Écija), fechadas entre los años 245 y 253 d. C. Estos epígrafes revelan una medida absolutamente excepcional: la rica provincia de la Bética había sido declarada prouincia immunis, es decir, eximida temporalmente del pago de impuestos. Históricamente, la administración imperial reservaba estas amnistías fiscales para catástrofes de proporciones dantescas. Las recientes investigaciones geoarqueológicas apuntan a que este insólito rescate económico no fue fruto de una crisis política, sino la respuesta directa al apocalíptico tsunami que barrió el golfo de Cádiz y remontó el estuario del Guadalquivir. Con las factorías de salazón de la costa destruidas y los puertos como el de Hispalis arrasados por la violenta avalancha de lodo marino, Roma no tuvo más remedio que perdonar los impuestos a una provincia que, literalmente, se ahogaba bajo el barro y necesitaba un respiro para reconstruir su maltrecha red comercial.
La morfología de las estructuras portuarias
Para entender la magnitud material de aquel desastre, primero hay que comprender cómo era el próspero entramado comercial de la Sevilla romana antes de ser engullido por el mar. Las excavaciones dirigidas por Miguel Ángel Tabales en el Patio de Banderas han sacado a la luz los formidables restos del barrio portuario de Hispalis, a un paso del antiguo cauce del Guadalquivir. Datadas en su fase principal en el tercer cuarto del siglo I a. C., estas sólidas estructuras se levantaron utilizando la técnica del opus africanum (gruesos paramentos de sillares pétreos combinados con paños de mampostería) y recios pavimentos impermeabilizados de opus signinum. Morfológicamente, el complejo excavado responde al modelo clásico de grandes almacenes comerciales (horrea) organizados en torno a un patio central a cielo abierto. Este espacio distribuidor estaba sostenido por grandes pilares pétreos y flanqueado por naves alargadas que servían para el estocaje de mercancías. Las distintas crujías y edificaciones quedaban hábilmente separadas por angostos callejones rectilíneos denominados angiportus. Ya en época flavia (70-90 d. C.), el complejo sufrió una importante remodelación que elevó la cota de los suelos e introdujo un avanzado sistema hidráulico con atarjeas, cloacas abovedadas y piletas, dotando a estos imponentes almacenes de una función mixta que combinaba la frenética actividad mercantil con labores artesanales a gran escala.
Origen: ¿el cabo de San Vicente?
¿De dónde brotaron estas olas? El golfo de Cádiz se encuentra en la frontera en que África empuja contra Eurasia: la falla Azores-Gibraltar, donde convergen la placa euroasiática —sobre la que nos asentamos— y la placa africana.
Sus estructuras sísmicas más temibles se encuentran en el margen suroccidental ibérico, frente al cabo de San Vicente, las mismas que en 1755 desataron el gran terremoto de Lisboa y el maremoto que arrasó la capital portuguesa y castigó las costas de Huelva y Cádiz y cuya ola llegó hasta Triana por el río, según crónicas, noventa kilómetros tierra adentro. Si en 1755 la ola consiguió remontar desde Sanlúcar de Barrameda hasta las orillas de Triana y el Arenal, «quedando las barcas en seco», en el siglo III el mar estaba mucho más cerca, por lo que el impacto del evento debió ser bastante mayor. Aunque no sepamos con certeza el origen de aquel maremoto, se infiere del marco tectónico de la región y lo más probable es que el causante fuese la falla del suroeste peninsular que, tarde o temprano, volverá a hacerlo. El maremoto que borró el puerto de la Sevilla romana no fue una anomalía excepcional, sino un episodio más de una historia geológica que escribió su última página en 1755, episodio que le dio nombre a la Plaza del Triunfo y que puede volver a ocurrir en cualquier momento.
El ocaso de un emporio
La ola cayó sobre el puerto de Hispalis y sobre el sistema del comercio bético. Hispalis era uno de los grandes puertos fluviales de la Hispania romana, la plataforma desde la que el aceite de la Bética viajaba a Roma en ánforas Dressel 20, esas mismas cuyos cascotes levantaron el monte Testaccio, la colina artificial de cerca de cincuenta metros que todavía se yergue en Roma. La destrucción del barrio portuario, el abandono de aquel sector extramuros —cuya población se replegó a las cotas altas de la ciudad— y la ruina de las factorías de salazón y salsas de pescado del litoral gaditano golpearon el comercio. El siglo III fue el de la gran crisis del Imperio, y la Bética ya venía tocada: tras derrotar a su rival Clodio Albino en 197, Septimio Severo confiscó las propiedades de los senadores béticos que habían apoyado a Albino, un zarpazo político sobre la misma provincia y casi en los mismos años en que llegó el tsunami. A ello se sumó una marea de fondo: el aceite africano fue copando la annona y los sellos del monte Testaccio se apagan hacia mediados de la centuria. Sería atrevido hacer que un solo maremoto explique un derrumbe estructural; no fue la causa de aquel ocaso, sino un acelerante sobre un puerto que ya perdía el pulso económico y comercial. Como ha estudiado Enrique García Vargas —firmante de la investigación del tsunami—, el emporio que había engrasado la mesa de Roma no volvería a levantar cabeza.
Pero el abandono no es el punto final de una historia: es la página en blanco de la siguiente. Sobre aquella misma Hispalis que el mar había arrasado nacerían, poco después, sus primeros obispos y basílicas, y la nueva fe cristiana echaría raíces en el sur peninsular. Pero esa es otra historia que contaremos más adelante.
*Con la colaboración de la Consejería de Turismo y Andalucía Exterior de la Junta de Andalucía
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