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Una emoción común ante las barreras

Trump probablemente intentará apropiarse del Mundial. Pero el balón es ‘first’ y el fútbol tiene algo indomable: nunca pertenece del todo a quien organiza el espectáculo

Una portería de fútbol fotografiada en 2024 en la localidad mexicana de Tecate, junto al muro que divide México y Estados Unidos. Daniel Ochoa de Olza

Hay algo profundamente disonante en este Mundial. Nunca hubo tantos partidos, tantos equipos, tantos anfitriones, tanto dinero alrededor y a la vez nunca las entradas fueron tan inaccesibles para el común de los aficionados. Nunca hubo tanta saturación y, quizás, tanto hartazgo en torno al fútbol de masas. Cuanto más se multiplica, menos excepcional parece. Hay Mundial de Clubes, Nations League, torneos continentales ampliados, campeonatos locales jugados bajo la sombra de los petrodólares, amistosos de lujo, giras globales. Todo parece diseñado en pro de la megalomanía del negocio y no del aficionado. Y, sin embargo, bastará que el balón ruede el 11 de junio en el

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m/mexico/2026-05-18/santa-ursula-el-barrio-que-sobrevivio-a-tres-mundiales.html" target="_self" rel="" title="https://elpais.com/mexico/2026-05-18/santa-ursula-el-barrio-que-sobrevivio-a-tres-mundiales.html" data-link-track-dtm="">estadio Azteca, la sede de parte de la mitología moderna del fútbol, para que se vuelva a sentir, o al menos a fingir, una emoción común.

Las miradas se centrarán en un Mundial marcado como pocos por lo que ocurre fuera de los estadios, en medio de una época atravesada por las ansias imperialistas, las guerras culturales y el regreso de los nacionalismos más agresivos. Con el epicentro, la mayor parte de los partidos, disputándose en el Estados Unidos de Donald Trump, donde el deporte, también el deporte, se ha convertido en un escenario político e identitario. Durante décadas, el país construyó su propio ecosistema deportivo, impermeable al resto del mundo: fútbol americano, baloncesto, béisbol, hockey, espectáculos gigantescos hechos a la medida de una lógica imperial. El soccer quedaba relegado a las periferias culturales: inmigrantes latino­americanos y europeos de clase obrera. Este Mundial llega precisamente cuando Estados Unidos parece debatirse entre dos pulsiones opuestas: encerrarse sobre sí mismo o aceptar que el mundo ya vive dentro de sus fronteras.

Eso es, quizá, lo más fascinante de esta Copa del Mundo. No será únicamente un torneo deportivo. Será un Mundial atravesado por el imperialismo de Trump, en plena guerra con Irán; por la persecución del ICE a los inmigrantes, por el peso demográfico latino en Estados Unidos. Un torneo del que Trump probablemente intentará apropiarse simbólicamente cuando le convenga, convertirlo en otra demostración de poder y grandeza nacional, es decir, suya. Pero el balón siempre es first y el fútbol tiene algo indomable: nunca pertenece del todo a quien organiza el espec­táculo. En las gradas de los estadios habrá miles de mexicanos, colombianos, argentinos, centroamericanos. En muchas ciudades estadounidenses el Mundial se vivirá como una enorme celebración latina en medio de un país que sigue discutiendo su propia identidad.

México entiende eso mejor que nadie. Ningún otro país habrá organizado tres mundiales. El de 1970 quedó para siempre en la memoria como el Mundial de Pelé, del Brasil perfecto, del fútbol convertido en obra de arte y el primero en color por televisión. El de 1986 fue el Mundial de Maradona y quizá el último gran Mundial visceral: estadios imposibles, calor, caos, un terremoto todavía reciente, y la presencia de la mano divina. Ahora llega este tercer Mundial, radicalmente distinto. Mucho más gigantesco, más corporativo, más vigilado, más tecnológico. Donde apenas albergará 13 partidos. Pero México volverá a estar en el centro de la historia futbolística mundial. Y eso tiene algo profundamente simbólico para un país acostumbrado a convivir con una mezcla de orgullo y complejo frente a su vecino del norte. De los tres anfitriones, Estados Unidos aporta dinero, infraestructura y poder global; Canadá, el plácido acompañamiento, y México, algo que ningún algoritmo puede fabricar: pasión.

También en lo deportivo este Mundial tendrá algo de irrepetible. Será la última gran función de Lionel Messi. Argentina llegará con el peso emocional de defender el título. La Francia de Dembélé y Mbappé se presenta de nuevo como el país mejor preparado para dominar este momento. Inglaterra se ha encomendado a un alemán para dirigir su eterno sueño. La pentacampeona Brasil se ha puesto en manos de Carlo Ancelotti para volver a cumplir con su obligación triunfal 24 años después. La España más diversa, la de Lamine Yamal, Nico Williams y Laporte, llega pendiente de la enfermería.

Será el torneo más amplio: 48 selecciones, más partidos que nunca y una geografía futbolística enormemente abierta. El Mundial que contará con pequeños países como Curazao y el debut de quienes siempre miraron la fiesta desde lejos como Uzbekistán o Cabo Verde.

Quizá por eso, o pese a todo eso, seguimos necesitando el Mundial. Porque durante unas semanas permite fingir que el planeta puede organizarse alrededor de una emoción común y mirarse a sí mismo a través de un balón. 

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