LUCES PARA LA CONSTITUCIÓN

Luces para la Constitución

Armando Chaguaceda: "Cuba no saldrá del castrismo sin una acción de fuerza efectiva"

Politólogo e historiador cubano exiliado en México, es fundador de GAPAC (Gobierno y Análisis Político AC), una organización de la sociedad civil que analiza la expansión del autoritarismo y que vigila sus avances en Hispanoamérica, Rusia y China

Armando Chaguaceda: "Cuba no saldrá del castrismo sin una acción de fuerza efectiva"
JOSÉ AYMÁ
Actualizado

Cada camino hacia la disidencia es único, pero su caso me parece diferente.
Durante los últimos 60 o 70 años mi familia estuvo muy integrada en el sistema cubano. Yo nací allí, estudié Historia y una cosa medio exótica, marxismo-leninismo. Conozco bien aquello porque es como haber estudiado en la escuela del faraón, en pleno imperio de Akenatón: yo estudié en la escuela del faraón. Por eso los guardianes del faraón me odian tanto. Siempre fui alguien muy integrado en el sistema. Mi idea era que el sistema era reformable, que contenía una promesa de justicia social. Pensaba que eso que llamábamos la Revolución tenía déficits de participación, sí, pero que cabía una comunidad reformista dentro del sistema. El propio sistema se encargó de demostrarme que eso no era posible. Mis colegas y yo no éramos disidentes: éramos críticos del sistema. Lo que ocurre es que el sistema tolera muy poca crítica, sobre todo cuando es honesta. Éramos profesores jóvenes que queríamos reformar cosas y poco a poco nos fueron cerrando puertas. Tuve que salir a estudiar a México porque no me autorizaron a hacer el doctorado en Cuba. Viajé un par de veces y cada vez que regresaba había algún pequeño quilombo: una requisa en el aeropuerto, algún interrogatorio. Hasta que en el último viaje me dijeron claramente: «No vuelvas». Desde 2011 no piso Cuba ni puedo hacerlo. Y mi familia sigue allá; mis padres -él sigue siendo funcionario- están en La Habana. Ésa es mi historia: el propio sistema terminó enseñándome que no podía hacer nada salvo obedecer. Poco a poco fui orillado a la salida.
¿Cómo surgió GAPAC?
Hace 10 años la fundé junto a un grupo de colegas cubanos, venezolanos, mexicanos y algunos argentinos. Somos un grupo muy compacto, preocupado por la expansión del autoritarismo. A nosotros nos ha tocado más de cerca el autoritarismo de izquierda, pero los rechazamos todos y hemos generado un trabajo de monitoreo sobre Cuba, Rusia y China en América Latina. Con un pie en la academia y otro en el activismo.
¿En qué se manifiesta ese activismo?
Yo quiero que Cuba cambie porque eso significa poder ver a mis viejos, poder regresar. No es solo una causa abstracta ni un interés profesional: es mi vida. En Cuba se ha transformado muchísimo la percepción. Los sectores más jóvenes, urbanos y conectados son más críticos, pero además el desastre es ya tan grande que el malestar se ha extendido por todas partes. Lo hemos visto en los últimos meses: las protestas se han dispersado por todo el país. Se ha producido lo que yo llamo un quiebre psicosocial. La gente sabe que ahí está el lobo y que muerde, pero está tan jodida que tiene que salir a protestar. Y en esas protestas ya no solo aparecen demandas materiales -luz, agua, comida-, sino también reclamos políticos. Nadie dice «abajo el bloqueo»; la gente dice «libertad» o «abajo esta gente». Hay una pérdida de miedo que convive con la precaución, porque el lobo sigue ahí, pero también con el descubrimiento de algo fundamental: la agencia, la idea de que uno es un sujeto con derechos y puede protestar contra quienes le están jodiendo la vida.
¿Qué le parece la percepción que se tiene desde el exterior?
Cuando uno está en Cuba, o cuando está fuera pero conectado con la gente de allá, siente mucho coraje por la insolidaridad de cierta clase media progresista, europea, norteamericana o latinoamericana, que vive en contextos democráticos y cómodos pero sigue comprando la narrativa cubana y reforzando la propaganda del régimen. Esa gente ocupa espacios en ONG, parlamentos, universidades y organismos internacionales. Y seguir llamando "revolución" a lo que ya no lo es, o hablar de justicia social en esos términos, perjudica muchísimo a la causa de la democracia cubana. Cuba ha desarrollado durante décadas estas redes internacionales de adoctrinamiento y de influencia, y hay gente que no quiere ver. Curiosamente, muchas veces coincide con personas muy informadas, intelectuales, académicos o figuras del mundo cultural que viven el privilegio de las democracias desarrolladas, disfrutan de todas las libertades, pero siguen defendiendo el castrismo y se dedican a blanquear una dictadura. Ahí lo único que queda es combatirlos argumentalmente y demostrar que son defensores conscientes de una dictadura en la que ellos jamás aceptarían vivir. Ese ha sido el gran truco del régimen cubano: vender una imagen.
¿Ve posible una salida pacífica?
Tal y como están las cosas, no. Puede haber una transición, sí, pero tiene que producirse un momento de presión efectiva que todavía no ha llegado. La lógica de un sistema leninista, además con todo el aprendizaje castrista de ganar tiempo permanentemente -ganar tiempo tras la caída del muro de Berlín, con Venezuela, ganar tiempo siempre-, es la de creer que siempre pueden salirse con la suya. Y tienen herramientas para ello: capacidad diplomática, aliados y cómplices incluso dentro de las democracias.
Explique, por favor, cómo podría ser esa «presión efectiva».
Está claro que el régimen atraviesa el momento de mayor debilidad de toda su historia, tanto interna como externamente. Externamente, por la presión de EEUU y porque sus aliados están ocupados con sus propios problemas. Internamente, porque nunca había existido una difusión tan amplia de la protesta social. Lo que no existe todavía es una estructura unificada y coherente sobre el terreno. El régimen se ha dedicado durante años a descabezar una y otra vez cualquier liderazgo. Antes, la oposición estaba formada por pequeños grupos políticamente conscientes, pero bastante desconectados de la población debido a la propia represión, salvo casos excepcionales como Oswaldo Payá o José Daniel Ferrer. Ahora el fenómeno es distinto. Han diezmado muchísimo a la oposición organizada, pero a cambio tienes a una población levantisca, que protesta y que además incorpora demandas políticas explícitas. Por eso creo que el sistema cubano no se destraba sin una acción efectiva de fuerza real. Puede ser una operación que neutralice a la cúpula, que aparte a Raúl Castro o al núcleo duro del sistema, y que al mismo tiempo vaya acompañada de ofertas dirigidas a las Fuerzas Armadas y a la cadena de mando: «¿Quieren seguir hundiéndose con ellos o quieren preservar algún futuro para ustedes?». Mucha gente en Cuba, incluso personas tradicionalmente revolucionarias, te dicen hoy abiertamente: «Que vengan ya».
¿Y después?
Después vendrá la negociación. Mucha gente se pregunta dónde está la Delcy cubana, algún sector pragmático dispuesto a negociar. Y yo siempre respondo: ¿dónde estaba Delcy Rodríguez antes de aparecer como pragmática? Era una figura absolutamente leal al sistema venezolano. La Delcy cubana ya existe: está en esos cuadros grises vinculados a GAESA, gente leal al régimen, sí, pero a la que le encanta el capitalismo y que no quiere morir con el sistema. Pero para que eso ocurra primero hay que quitar la piedra que bloquea la puerta: pulverizarla o moverla a otro lado. Y cuando quitas esa piedra, la puerta puede volver a cerrarse y ahí sí se monta el quilombo... o puede abrirse definitivamente.
¿Cuántos escenarios contempla?
Está el escenario actual, que es un horror. Luego está el óptimo: una transición democrática pacífica, una salida negociada, los dirigentes dejando el poder, una presión internacional eficaz... la imagen romántica de los claveles en los fusiles. Yo, sinceramente, no veo que eso ocurra sin algún tipo de acción de fuerza. Pero entre el horror actual y el escenario ideal existe un subóptimo. ¿Y si esto se queda a medias? Bueno, Venezuela también puede verse como un fracaso, pero incluso ahí hay matices. Tiene elementos que Cuba no posee: un liderazgo opositor más unificado, un movimiento de masas, otra estructura social y política. Y aun así, muchos opositores venezolanos con los que hablo no están derrotados. Están inquietos, expectantes, frustrados en parte, pero también ven que han ocurrido cosas. Han soltado presos políticos. La protesta volvió a las calles. Algunos liderazgos regresaron al país y salieron de la clandestinidad. No se alcanzó el óptimo, pero tampoco puede decirse que no haya pasado nada. Eso también podría suceder en Cuba.
Imaginemos un escenario subóptimo.
Sale Raúl Castro, permanece una parte de la cúpula militar y el cambio queda incompleto. Yo mismo diría: qué horror, esto no era por lo que la gente luchaba. Pero imaginemos también que en ese contexto liberan a todos los presos políticos, que dejan de reprimir las protestas con la misma brutalidad y que se abre algún margen para la sociedad civil. ¿Sería suficiente? No. ¿Sería estable? Tampoco. Pero incluso eso sería mejor que la situación actual. Porque hoy Cuba vive en un nivel de cierre absoluto. Los analistas y activistas tenemos que aprender a movernos en dos planos al mismo tiempo: el horizonte al que queremos llegar y el punto real en el que estamos. Queremos llegar muy lejos, pero hoy estamos en un lugar terrible. Y cualquier avance parcial modifica las condiciones de lucha.
¿Y el papel de EEUU?
Más allá de las contradicciones de Trump, veo líneas bastante claras en términos de seguridad nacional y geopolítica. Las sanciones a GAESA, las acciones legales, la presión sobre empresas extranjeras vinculadas al aparato militar cubano, incluso ciertos movimientos militares y diplomáticos, indican que se está construyendo un expediente político. No es solo retórica. Y resolver el «problema cubano», desde la lógica estadounidense actual, no significa simplemente dejar a los mismos administrando una economía subordinada. Implica modificar, al menos parcialmente, la estructura de poder. Quizá no pasemos directamente de la Cuba de Fidel y Raúl Castro a una democracia liberal plena. Tal vez el tránsito inicial sea hacia algo parecido a un régimen híbrido competitivo. Dicho de otra manera: pasar de la Cuba de Fidel Castro a una Venezuela chavista. Y aun así, eso ya sería un avance enorme. Yo mismo podría volver a Cuba y tener una cátedra universitaria crítica con el Gobierno. Hoy eso es imposible, ni siquiera puedo entrar al país.
Hay quien sostiene que Cuba será arrasada por el turbocapitalismo.
Muchas de las cosas que alarman a cierto intelectual biempensante de izquierda democrática europea ya existen en Cuba. ¿Que preocupa la prostitución o el turismo sexual? Cuba ya es un gran mercado de eso, sólo que los clientes son italianos, españoles, franceses o algunos estadounidenses. ¿Que preocupa la desigualdad? La inflación cubana ya superó incluso a la venezolana, según economistas de la propia isla. El desabastecimiento, la pobreza extrema, las enfermedades transmisibles... todo eso ya está ocurriendo. Salvo quizá mafias tiroteándose en las calles, cuesta encontrar algo propio del capitalismo salvaje y subdesarrollado que no exista ya en Cuba. La diferencia es que allí además no hay libertad.
¿Queda algo del tejido social cubano para apoyar al futuro sistema?
Durante la pandemia y después de ella surgieron enormes redes de ayuda humanitaria. La gente en Cuba aprendió a sostenerse sin el Estado. Porque ya nadie espera del Estado nada, salvo vigilancia y represión. Uno podría decir: «Bueno, eso no es político». Pero claro que lo es. Porque ahí se está organizando un tejido social transnacional que hoy sirve para enviar medicinas y mañana puede servir para movilizar protestas o articular demandas políticas.
¿Algún otro desafío?
Desprenderse de la dimensión mesiánica que marcó la historia nacional durante décadas. La idea de Fidel Castro -acompañada por muchísimos cubanos, incluida mi propia familia- de que Cuba era una especie de símbolo global destinado a desafiar a Estados Unidos y a la historia misma. Cuba necesita reconciliarse con sus dimensiones reales. Tiene que demostrar que puede ser un país normal y viable: económicamente, políticamente, ambientalmente y socialmente viable. Un país que funcione. Cuba no tiene que desafiar al mundo. Tiene que desafiar su propia historia.
Le quería pedir una valoración de la actitud de España con el castrismo.
España ha tenido un papel muy determinante en la política europea hacia Cuba. Y ahí creo que ha existido una complicidad bastante transversal de buena parte de las élites políticas y económicas españolas con el régimen cubano. Quizá Aznar fue una excepción clara, porque tenía una postura muy definida respecto a la necesidad de una transición democrática. También Felipe González, por ejemplo, fue muy cercano a Fidel Castro durante mucho tiempo, pero en los últimos años empezó a hablar del tema cubano con una mezcla de decepción y fastidio. Recuerdo escucharlo decir que Fidel nunca quiso ceder realmente nada. En general, con los gobiernos socialistas ha existido una actitud más entusiasta o comprensiva hacia La Habana; con los gobiernos del PP, una más tecnocrática y 'pro business'. Pero, salvo excepciones, no ha habido una política realmente firme frente al régimen cubano.
¿Y Zapatero?
Hay algo mucho más profundo que un simple tema de negocios o intereses personales. Zapatero introdujo un giro iliberal dentro de una parte importante de la izquierda española. Siempre digo -medio en broma, medio en serio- que Sánchez es «Orban con rostro humano». Un amigo mío me corrige: «Con rostro hermoso». El fenómeno es parecido: concentración de poder, tensión con otros poderes del Estado, uso político de la memoria histórica, cuestionamiento constante de la legitimidad del adversario... Y eso empieza, en buena medida, con Zapatero. Había una democracia imperfecta, con corrupción y problemas, pero funcional. Y en un momento dado una parte de esa izquierda decide importar métodos políticos que no pertenecían a la tradición democrática liberal europea, sino a ciertas izquierdas latinoamericanas. Ahí aparece el lawfare, la utilización de la historia como arma política, la lógica amigo-enemigo permanente. Y creo que eso va mucho más allá de si alguien gana dinero o no con Venezuela o con Cuba. Tiene que ver con una desdemocratización progresiva de parte de una izquierda que antes jugaba claramente dentro de parámetros liberal-democráticos.
¿Qué papel juega la UE en todo esto que estamos analizando?
Me sorprende muchísimo la pasividad europea ante determinados hechos. Yo pensaba que, tras la invasión rusa de Ucrania, Europa iba a replantearse ciertas cosas respecto a Cuba. Porque estamos hablando de un Estado que mantiene acuerdos de cooperación privilegiados con la UE y que, al mismo tiempo, actúa como aliado estratégico de Rusia. La presencia de cientos o miles de cubanos vinculados al esfuerzo ruso en Ucrania no ocurre sin conocimiento del Estado cubano, un régimen extremadamente centralizado y autoritario. Todas esas redes de reclutamiento pasan necesariamente por la complicidad del aparato estatal cubano. Y, sin embargo, Europa prácticamente no ha reaccionado. Porque una cosa es mantener relaciones con regímenes autoritarios, pero otra distinta es sostener acuerdos privilegiados con un aliado operativo de tu principal enemigo estratégico. Y además Cuba juega diplomáticamente con enorme inteligencia. Por ejemplo, en las votaciones internacionales sobre Rusia, Cuba rara vez vota explícitamente con Moscú. Normalmente se abstiene.
¿Y qué espacio ocupa el Grupo de Puebla?
Mucha gente lo presenta como algo informal, casi espontáneo, pero yo creo que fue un intento muy serio de construir una nueva articulación política internacional para esa izquierda. Una especie de Foro de São Paulo 2.0: más sofisticado, más elegante, más «progresista», menos explícitamente revolucionario, pero conectado con la misma lógica. Y ahí ocurre algo clave: dejan de reunirse solamente gobiernos democráticos de izquierda y empiezan a integrar a regímenes autoritarios o directamente dictatoriales. Cuando invitas a Díaz-Canel o a Maduro, ya no estás hablando sólo de gobiernos progresistas con problemas institucionales; estás incorporando a actores abiertamente antiliberales. Y eso se parece muchísimo a lo que hacen otros actores contemporáneos, como Orban cuando se acerca a Putin o a Xi Jinping: construir alianzas basadas no tanto en ideologías clásicas, sino en una lógica compartida de erosión liberal.

DNI

Nació en La Habana en 1975. Fue profesor de Historia e Historia de las Ideas en la Universidad de La Habana.

Exiliado en México desde 2008, ha impartido clases en la Universidad Iberoamericana yla Veracruzana. Es autor de 'La otra hegemonía: Autoritarismo y resis-tencias en Nicaragua y Venezuela'

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José Luis Pardo: "La única posibilidad de restaurar la paz institucional sería romper los bloques"

Profesor emérito de Filosofía en la Complutense, es una de las voces que más se han implicado en la vida política española de los últimos años desde el ámbito académico. Ha ganado, entre otros, el Premio Nacional de Ensayo y el Premio Anagrama

José Luis Pardo: "La única posibilidad de restaurar la paz institucional sería romper los bloques"
José Aymá
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Tenemos una guerra al otro lado del Mediterráneo y otra que suele decirse que está a las puertas de Europa, pero que está realmente dentro de Europa, en Ucrania. Si nos dicen esto hace unas décadas, no nos lo creemos.
La situación internacional ha ido empeorando progresivamente. Europa ha perdido el brillo que tenía en otros momentos y se ha colocado en una situación que la obliga a redefinirse. Y la Unión Europea es un aparato muy lento, con muchas inercias, al que le está costando mucho encontrar su sitio en esta perturbación.
Parece que en eso Rusia nos tiene tomada la medida.
Hemos estado muy confundidos con lo que es Rusia y con lo que fue la Unión Soviética. Martin Amis decía una cosa muy interesante: mientras que el nazismo se convirtió en la representación absoluta del mal, la Unión Soviética muchas veces se trató con frivolidad cultural, como si fuese un escenario para la sátira. Pero cuando uno lee testimonios sobre cómo era realmente la vida soviética descubre un mundo tremendamente violento. La disolución de la Unión Soviética creó un ambiente muy degradado respecto al cual Europa ha estado ciega.
Putin tiene un papel peculiar en esta ecuación geopolítica. Por un lado es heredero del gran imperio soviético y pretende reconstruirlo incluso con violencia. Por otro, coincide con el movimiento MAGA en la guerra cultural y la vuelta a los valores tradicionales.
Sí, aunque antes de MAGA estuvo el Tea Party, y antes fue la izquierda la que inició un cambio de estrategia y decidió abandonar lo que había sido su frente natural -aumentar la clase media y mejorar la vida de los trabajadores- para desplazarse hacia la guerra cultural. Los pensadores franceses revolucionarios, los marxistas del 68, pensaban que estaban ofreciendo herramientas revolucionarias para la transformación política. En Europa quizá aquello no tuvo demasiada eficacia política inmediata, pero en EEUU lo entendieron perfectamente y se pusieron a la labor. Después la derecha se enroló también en políticas que yo llamo «políticas del malestar». En lugar de políticas de bienestar, políticas de enfrentamiento.
Usted ha criticado con mucha severidad, y también con sentido del humor -algo que se agradece y casi insólito en los tiempos que corren-, ese giro ideológico de la izquierda tras ver que la derecha asumía parte de sus postulados. Lo que ahora ha cambiado es que hay una derecha más dura que desafía ese consenso.
Claro. Yo creo que la filosofía que se hizo no solamente en Francia, pero principalmente en Francia, ha sido una herramienta, primero en EEUU y después en Europa y en todas partes, para deteriorar el clima político y convertirlo en eso que al principio llamábamos «guerra cultural». Y parece que decir «guerra cultural» es referirse a una guerra que no tiene víctimas, que no es para tanto. Pero es una guerra que puede amargar mucho la vida personal y profesional de muchas personas y deteriorar mucho las instituciones. Y la guerra cultural también está en la base de guerras que ya son militares.
También ha sido muy duro con Pedro Sánchez y con la izquierda actual, a la que acusa de alimentar a la derecha.
Pedro Sánchez es un líder muy poco ideológico, pero cedió totalmente el discurso a los partidos que estaban a su izquierda. Durante mucho tiempo las iniciativas legislativas estuvieron en manos de partidos claramente populistas. Y luego hay cosas muy graves: seguramente, la más grave es la Ley de Amnistía, porque transmite la idea de una sumisión de la vía jurídica a los intereses políticos. Y ahora, además, estamos inmersos en la cuestión de la corrupción, que es un fenómeno muy grave porque mina la confianza de los ciudadanos en las instituciones. Y cuando las cloacas suben a la superficie, se alimenta el discurso de que todos los políticos son iguales, que es precisamente el discurso que utiliza la ultraderecha para remontar.
Si esta legislatura hubiese tenido un gobierno de derechas, ¿cree que el paisaje político sería distinto? ¿Incluso podría estar hoy más fuerte la izquierda y más débil la derecha desde el punto de vista electoral?
Es posible. Lo que hemos vivido durante estos años ha sido un proceso de desmontaje de lo que había sido el PSOE, uno de los pilares de la democracia constitucional española. En ese sentido, el futuro que le espera al PSOE es muy oscuro. Ahora mismo la derecha tiene un papel muy difícil: la única posibilidad de restaurar cierta paz institucional sería romper los bloques. Pero eso depende de los votantes. La realidad es que, en España, los partidos que intentaron representar espacios compartidos entre izquierda y derecha -UPyD o Ciudadanos- desaparecieron. En cambio, prosperaron las fuerzas que ampliaban la brecha y el enfrentamiento, empezando por Podemos y, naturalmente, los nacionalistas.
La crisis parece afectar a toda la socialdemocracia europea. Incluso donde gobierna pierde apoyo, como en España o el Reino Unido.
En Francia pasa lo mismo. Le Pen está a un paso de ganar las presidenciales. Y eso que llamamos polarización no es solo polarización: es más bien una forma de politización. Que haya discusiones muy fuertes entre izquierda y derecha en el Parlamento es normal. El problema es cuando esa división atraviesa todos los estamentos sociales: las empresas, la universidad, los tribunales o incluso las familias. Entonces desaparece la idea de instituciones concebidas precisamente como contrapeso del poder político y todo empieza a organizarse en términos de amigos y enemigos. Muchos antiguos votantes de la izquierda radical han acabado pasándose a la ultraderecha porque, en el fondo, ambos espacios comparten elementos populistas: la idea de que existen fuerzas ocultas que impiden realizar la voluntad popular y que, por tanto, la democracia debe ir más allá de la legalidad.
No sé si también hay algo de profecía autocumplida en todo esto. Se hablaba constantemente de «fuerzas oscuras» y al final parece que han terminado emergiendo. Porque haberlas, haylas.
Fuerzas oscuras siempre las ha habido. La cuestión es que las democracias tenían mecanismos para contenerlas dentro de los límites de la legalidad. El problema empieza cuando se abandona ese marco y se transmite la idea de que la democracia debe ir más allá de la legalidad para enfrentarse a enemigos supuestamente superiores. Ahí es donde el populismo introduce una lógica muy peligrosa. Siempre ha existido una cierta dosis de populismo en democracia, pero ahora se ha extendido la idea de que, si los gobiernos no pueden cumplir sus promesas, no es por incompetencia o por límites reales, sino porque existen fuerzas ocultas que impiden realizar la voluntad popular. Y esa lógica ha sido utilizada por movimientos de muy distinto signo, desde populismos latinoamericanos hasta Putin.
La crisis no afecta solo a la socialdemocracia. Los partidos conservadores tradicionales -la democracia cristiana europea, el centroderecha clásico- están casi peor.
Claro. Y además la receta que muchos de ellos han escogido ha sido justamente imitar a sus competidores más extremos para no perder votos. Entonces el votante tiende a votar al que le ofrece la solución más clara, aunque sea una solución imposible. Y ahí la diferencia entre los extremos está completamente diluida: igual que ocurrió antes con sectores de la izquierda, ahora muchos partidos conservadores tradicionales creen que la manera de frenar a la ultraderecha es asumir parte de su discurso. Pero eso muchas veces termina reforzando precisamente a quienes pretendían contener.
Ha escrito en EL MUNDO una frase muy llamativa: «Quienes votan diferente ya no pueden concordar en ninguna otra parcela de la vida, ya sea el sexo, el cine o el medio de transporte favorito».
Sí, porque se ha deteriorado el espacio público. Se tiende a convertir el espacio público en una colección de mini espacios privados donde solo nos encontramos con los nuestros, que además nos animan a radicalizarnos más. Eso ha sido letal para la prensa. La pérdida de credibilidad de los periódicos no se explica solo por la crisis económica del sector, sino también por la desaparición de un espacio común. Un periódico deja de verse como un lugar público y pasa a interpretarse como una hoja parroquial dirigida a los propios. Siempre echamos la culpa de todo a las redes sociales, pero las redes sociales no habrían llegado tan lejos si las propias instituciones no hubieran salido corriendo detrás de ellas y les hubieran dado una carta de legitimidad que ahora es muy difícil quitarles.
Se está perdiendo también esa ambigüedad o esa incertidumbre propia de la gran cultura. Que no es equidistancia, sino capacidad de transmitir algo no reducible a eslóganes.
Exactamente. Yo escuché a Richard Rorty decir una cosa muy bonita hace muchos años. Decía que, si hubiera una catástrofe y se perdieran todas las bibliotecas de la humanidad, y él tuviera que salvar unos pocos libros, no salvaría los Diálogos de Platón ni la Metafísica de Aristóteles, sino novelas: Dickens, Tolstoi, Stendhal. ¿Por qué? Porque ahí no está nunca del todo claro quiénes son los buenos y quiénes son los malos. E incluso cuando parece claro, los malos tampoco son definitivamente malos: tienen hijos, tienen afectos, tienen momentos humanos. Esa es verdaderamente la riqueza de la cultura. Cuando todo se convierte en eslogan político y en división entre amigos y enemigos, desaparece esa ambigüedad.
El sentido del humor es también una muestra de ese poso cultural.
El sentido del humor tiene mucho que ver con esa ambigüedad. Cuando empecé a escribir artículos de opinión, mucha gente se molestaba porque consideraba que no me tomaba suficientemente en serio determinadas causas políticas. Pero el humor introduce matices. Impide convertir cualquier discusión en una batalla metafísica definitiva. No pasa nada porque en política la gente discuta mucho e incluso se insulte; hasta se puede insultar con gracia, como han hecho siempre algunos políticos. El problema empieza cuando desaparece cualquier espacio común donde quienes discuten puedan reconocerse mutuamente y aceptar unas mismas reglas del juego.
A mí me parece más insultante que se inunde de datos falsos e insidias el debate público y que no haya manera de avanzar.
Porque ni siquiera son datos falsos: son falsos datos. Yo siempre me rebelo un poco contra eso. Hemos traducido fake news como «noticias falsas», pero las fake news no son noticias falsas, sino falsas noticias. Son cosas que ni siquiera llegan a ser realmente noticias. Internet ha creado una situación en la que las noticias caducan segundo a segundo, cada vez que alguien hace clic. Y claro, es imposible que ocurran cosas verdaderamente noticiosas a cada segundo. Pero como hay que producir contenido constantemente, muchos de esos contenidos ya ni siquiera son contenidos: son basura.
Esta serie de entrevistas se llama Luces para la Constitución. ¿Tiene futuro el «Estado social y democrático de derecho» que intenta establecer la Constitución española?
No conozco ninguna alternativa mejor. Las alternativas reales son las autocracias o las dictaduras. Este sistema tiene muchos defectos y atraviesa una crisis evidente. Este barco hace agua por muchos sitios, de acuerdo. Pero antes de tirarme al agua tengo que saber que voy a poder subirme a otro barco. Lo que no puedo hacer es abandonar sin más el barco del Estado social y democrático de derecho. La Transición española fue una obra importante, pero también muy frágil y llena de tensiones. El Estado del bienestar europeo posterior a la Segunda Guerra Mundial también se construyó mediante compromisos difíciles. Por eso creo que nuestra obligación no es proteger un pasado idealizado, sino defender el futuro del Estado de derecho.
¿Ha cambiado mucho España desde el 15-M? ¿Ha ido a mejor o a peor?
Yo la política española la veo bastante congelada en el tiempo desde más o menos 2015. Las discusiones siguen siendo prácticamente las mismas: el problema territorial, el nacionalismo, la polarización... Lo que sí ha cambiado es la pérdida de confianza en que la política constitucional pueda resolver esos problemas. Y ahí hubo un momento en el que la izquierda dejó de promover el aumento de la clase media y empezó a proletarizarla para ocuparse de otros asuntos que le resultaban más rentables electoralmente. Eso abrió una incertidumbre que no sabemos a dónde nos va a conducir.
¿Se puede seguir siendo optimista?
Más que optimismo, hablaría de perseverancia. Hay que seguir defendiendo la independencia y la neutralidad de las instituciones. En universidades, medios de comunicación o tribunales ha habido procesos claros de colonización política. Y cada uno, desde su ámbito, tiene la obligación de intentar preservar lo que todavía funciona. No sé si terminaremos ganando. Ojalá. Pero, desde luego, no podemos darnos por vencidos antes de tiempo. Y tampoco podemos comulgar con ruedas de molino. Y, sobre todo, tenemos que seguir haciendo verosímil la existencia de una comunidad universal a la que todavía merezca la pena apelar.