Pedro Sánchez y Begoña Gómez encarnan a la perfección aquello de que «Dios los cría y ellos se juntan». Comparten autoestima y ambición muy superiores a sus méritos, por lo que suplen la diferencia prescindiendo de cualquier escrúpulo. Cuando empezó su vida en común, ella ayudaba con la contabilidad en el negocio familiar de prostíbulos mientras él plagiaba su tesis. ¿Qué no cabía esperar de semejante 'conjunción astral' una vez alcanzado el poder? Ningún colchón de la Moncloa había soportado nunca el peso de tamaños egos ayunos de límites éticos.
Nada más bajarse del Peugeot compartido con Koldo, Ábalos y Cerdán para desembarcar en la Presidencia, Pedro asaltó las instituciones colocando en ellas a peones dispuestos a obedecer sin rechistar. Estaba preparando el terreno. Su señora, entre tanto, empezaba a ascender los peldaños de una escalera hacia la gloria tan anhelada como inmerecida, sin ocular su satisfacción ni tampoco su desvergüenza: dirección de un máster en la Complutense creado a petición suya, a pesar de no poseer una licenciatura, patrocinio de grandes empresas del Ibex a su negocio particular, consistente en enseñar a captar fondos otorgados en gran medida por el Gobierno de su marido, contratación de una asistente con dinero del contribuyente, cartas de recomendación a su benefactor para la obtención de subvenciones públicas, y demás presuntos delitos de tráfico de influencias, malversación, corrupción en los negocios y apropiación indebida, por los que el juez Juan Carlos Peinado ha dictado el correspondiente auto de procesamiento, tras largos meses de instrucción minuciosa. A la espera de confirmar si la Audiencia Provincial de Madrid avala la decisión del magistrado, como ha hecho hasta ahora en lo sustancial, el esposo «profundamente enamorado» ha soltado a sus perros de presa contra el togado, en una huida hacia adelante que solo un inmoral como él se atrevería a emprender. Cualquier demócrata en su lugar habría dimitido hace tiempo. Sánchez embiste, hace de España su parapeto y nos toma como rehenes en su combate contra la ley, la justicia y la decencia.
La maniobra viene de lejos. Cuando su amada Begoña fue imputada, él azuzó a la jauría contra la pareja de Ayuso, en un intento de embarrar el campo que le valió al entonces fiscal general una condena del Supremo. La jugada fracasó, al igual que las burdas insidias arrojadas contra Peinado a través de la 'sincronizada', integrada por lacayos que deshonran el periodismo para complacer al amo. Ahora le lanza a sus ministros al cuello, a ver si logran frenarlo y de paso intimidar a los llamados a juzgar ese y los otros casos hediondos que lo acorralan. Puente ladra, su especialidad, al tiempo que Bolaños muerde al descalificar públicamente la resolución del juez y presionar al CGPJ desde el Ministerio de Justicia. El servilismo cobra en ellos dos una dimensión inédita, pareja a la catadura del jefe al que sirven.
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