Arturo Alba, rey de la formulación cosmética, te explica todo lo que haces mal en tu rutina de 'skincare'
El químico pasó de investigar la liberación dirigida de fármacos contra el cáncer a convertirse en uno de los nombres más reconocibles de la cosmética de autor
Arturo Álvarez-Bautista estudió Ciencias Químicas en la Universidad del País Vasco, después cursó un máster en Biomedicina y se doctoró en la liberación controlada y dirigida de fármacos en la terapia contra el cáncer.
Más tarde, se centró en la formulación cosmética y comprendió que lo suyo no era solo química, sino aplicarla a algo tan concreto y cotidiano como la piel. “Lo entendí cuando dejé de mirar moléculas aisladas y empecé a mirar contextos. La química pura es un idioma perfecto; la piel, en cambio, es un dialecto lleno de excepciones. Ahí comprendí que formular no es demostrar lo que sabes, sino decidir qué omites. La piel no necesita brillantez académica, necesita precisión humilde”, explica a este periódico.
Quizás por su nombre no lo conozcas, pero su marca Dr. Arturo Alba seguro que te suena. Bajo el lema “la ciencia del rejuvenecimiento”, sus productos presumen de “pericia en la formulación basándose en la evolución científica”.
Hubo otro episodio de su vida que también le marcó a nivel profesional. Formuló una crema específica para su hermano mientras atravesaba un proceso oncológico. Esa experiencia “cambió por completo” su entendimiento sobre qué necesita realmente una piel en un momento de vulnerabilidad. “Antes formulaba para tipos de piel; después empecé a formular para estados de piel. Y un estado de piel es casi un estado emocional: inflamación, fragilidad, miedo. En oncología entendí algo incómodo: la eficacia no sirve de nada si no es tolerable. La mejor fórmula es la que no agrede cuando todo lo demás ya lo está haciendo”, describe.
Acerca de qué aprende un formulador cuando escucha las frustraciones reales de los usuarios y qué corre el riesgo de perder cuando solo escucha tendencias, dice que el problema nunca es el que aparece en el INCI (nomenclatura internacional estandarizada y obligatoria para listar los ingredientes en la etiqueta de los productos cosméticos). “Es el que aparece en el espejo a las siete de la mañana. Las personas no dicen ‘mi barrera cutánea está comprometida’; dicen ‘me pica, me arde, no me reconozco’”, confiesa el experto.
Al contestar si le preocupa la banalización del lenguaje científico en redes sociales cuando se habla de skincare, responde que “le parece peligrosa”: “La ciencia convertida en eslogan pierde su función y gana una estética vacía. Cuando todo es ‘clínicamente probado’ y ‘dermatológicamente testado’, nada significa nada. Y en ese ruido, el consumidor cree entender, pero en realidad solo reconoce palabras”.
Igualmente, reconoce que ha renunciado a lanzar productos que sabe que se venderían muy bien. “Es una renuncia incómoda, porque no es teórica: tiene impacto en cifras. Pero hay algo peor que vender menos y es no reconocerte en lo que vendes. Prefiero una marca que crezca más despacio a una que me obligue a justificar decisiones que, en el fondo, sé que no respetan la piel”, manifiesta.
En un mercado obsesionado con la novedad, le parece más difícil convencer al cliente de que no necesita diez pasos que conseguir una mejor formulación. “Formular mejor es un problema técnico; simplificar es casi un problema cultural. La industria ha confundido ritual con dependencia. Decirle a alguien que necesita menos es ir contra un sistema que vive de lo contrario. Es un acto casi subversivo”, añade el propietario de Dr. Alba.
De hecho, confiesa una idea sobre cosmética que defendía con total convicción hace cinco años y hoy ya no sostiene: “Que más activos significaban mejores resultados. Era una fe casi barroca en la acumulación. Hoy sé que la piel no premia la ambición, premia la coherencia. Un activo bien elegido, en la dosis correcta, en el vehículo adecuado, supera a cualquier cóctel ansioso”.
Como cierre, comenta cuál le parece el error más extendido y menos discutido en las rutinas de cuidado facial. “La sobrecorrección. La obsesión por ‘arreglar’ la piel como si fuera un problema constante. Se exfolia de más, se trata de más, se interviene de más. La piel, como cualquier sistema biológico, necesita margen para autorregularse. A veces el mejor gesto cosmético es no añadir otro”, finaliza.
Arturo Álvarez-Bautista estudió Ciencias Químicas en la Universidad del País Vasco, después cursó un máster en Biomedicina y se doctoró en la liberación controlada y dirigida de fármacos en la terapia contra el cáncer.